EL ASILADO

Lo dejaron allí como se deja
el trasto que se olvida por usado,
viejo barco al desguace destinado,
residuo de una vida que se añeja.

Recibió su prisión sin una queja,
a su triste destino resignado,
¿no tiene todo fin?, pues ya he llegado
al cabo posterior de la madeja.

Y el anciano vivió su desventura
sin lanzar ni un reproche, ni un lamento;
pero en sus noches, negras de amargura,

tal vez razone con pasión suicida:
qué momento, Dios mío, qué momento
para apearse en marcha de la vida.

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Esta entrada fue publicada en Del libro "AIRES DE LIBERTAD Y OTROS POEMAS" (1981), Poemas y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

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