EL HUERTANO

A los hombres de la huerta levantina cosechadores de todo, beneficiarios de nada.

Nació como nace el trigo,
abriendo herida en la tierra.
Creció como crece el árbol
al borde de la ribera
soportando los rigores
de todas las ventoleras.

No tuvo juegos de alfombra
ni cuna con piel de seda
no se nutrió de otras fuentes
que de las ubres maternas.

Antes que niño fue hombre,
antes que zumo corteza;
aprendió a ser en la vida
antes de ser en la escuela.

Recio de domar raíces,
alto de contar estrellas,
bruñido de soles tórridos
y de lunas cenicientas,
creció en dirección al cielo
con empuje de palmera
para ordeñar nubes áridas
sobre las hojas sedientas.

Cultivador de ilusiones
y de sudadas cosechas,
hizo del trabajo un dogma
y de la honradez un lema.

Fue su palabra notario
que diera fe a sus promesas;
ofreció a los caminantes
favor de puertas abiertas,
aún a aquellos que llegaban
en busca de sus cosechas
pagándole a veinticinco
lo que valía cincuenta.

Ahora, vencido de años,
más que vencido de penas,
se retuerce en su estructura
como tronco de olivera
añorando floraciones
se remotas primaveras.

Se va acercando el otoño
de su vida. La reguera
la va cubriendo el almendro
con crespones de hojas muertas.

Llora la noche en rocío
llanto de luna lunera
y el naranjo se adormece
en el mal de la tristeza:
cuando el huertano declina
viste de luto la huerta.

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Esta entrada fue publicada en Del libro: "SINFONÍA EN CLAVE DE AMOR" (1987), Poemas y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

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