LIRA ROTA (Elegía)

A Miguel Hernández.

Se llamaba Miguel, nació en Orihuela
y murió en todas partes.

Riega la noche el llanto de su luto,
reza el sol el rosario de los días,
limonea en el huerto el limonero
amarillo de penas amarillas,
y bañada en las fuentes del silencio,
rotas las cuerdas, se durmió la lira.

Hojas grises de “Silbos Vulnerados”
otoñean la tierra estremecida
y unas voces de líricas campanas
lloran en bronce desmayadas rimas.

Al borde del camino pulviseco
ya no triscan las cabras indecisas;
al cantor de bucólicas baladas
se le ahogó el pensamiento en la saliva
y un incendio de muerte provocada
segó canciones y aventó cenizas.

¡Qué largo es el dolor que nos acosa,
qué corta es la ilusión que nos anima,
qué frágil el cristal que nos envuelve,
qué somero es el pozo de la vida!.

Si ayer en el alcor tallando alondras
a golpe de cincel de poesía;
si ayer hablando al viento y a las nubes
con rigor de alcotán en rebeldía,
hoy, vestido de tierra y de gusanos,
ribeteas la nada en la camisa.

Hecho para el dolor fuiste a la pena
porque pena y dolor fueron tu guía
nacido para el llanto fuiste llanto
nutridor de fontanas cantarinas.

¡Cuánto morir para vivir tan poco,
cuánto sufrir para gozar un día,
cuánto polvo arrastrado en el camino,
cuánto silencio hallado en la partida!.

Porque soy de tu fuego y de tu barro
me duele tu dolor como una espina
y siento que me acosa un hormiguero
desgajado, tal vez, de tus hormigas.

Yo quisiera, Miguel, cavar tu tierra,
y escarbar en el nido que te anida
y juntar tu silencio a mi silencio
y unir tus soledades a las mías,
y arrancar con el ansia de mis manos
aquella voz que fecundó la cima;
aquella voz de líricos reflejos
hecha para rezada y esculpida.

Yo también sé de rejas carceleras
cuadriculando muertes presentidas;
yo también he sufrido mal de ausencias
y he mordido en las sombras de mi agonía
y he visto la cebolla blanquicera
presidiendo el festín de mi familia.

Mas qué decirte a ti, a ti que eres
almacén comunal de las vigilias,
a ti que llevas en el alma impresas
las señales de todas las heridas.

Muy pronto iré a llevarte, compañero,
mi risa de difunto en las encías;
muy pronto iré a besar tu calavera,
sorteando el control de tus hormigas,
y seré un muerto más, tu muerto amigo,
que busca de tu polvo las caricias.

Y allí, de igual a igual, la piel a un lado,
sin puñales de ruido homicidas,
cantaremos al cielo madrigales
y un adiós, sin rencores, a la vida.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Del libro: "CABALGANDO POR EL VIENTO" (1983). EN BLANCO, Elegias, Poemas y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s